El trueno y la venganza
Un criminal
El acusado es pálido y lampiño.
Arde en sus ojos una fosca lumbre,
que repugna a su máscara de niño
y ademán de piadosa mansedumbre.
Conserva del obscuro seminario
el talante modesto y la costumbre de mirar a
la tierra o al breviario (…).
Enamorose de una hermosa niña,
subiósele el amor a la cabeza
como el zumo dorado de la viña,
y despertó su natural fiereza (…).
Y se acordó del hacha que pendía
en el muro, luciente y afilada,
el hacha fuerte que la leña hacía
de la rama de roble cercenada (…).
Campos de Castilla, ANTONIO MACHADO
–Ave María Purísima.
–Sin pecado concebida.
La débil luz del amanecer traspasaba a duras penas el cristal de las vetustas vidrieras, oscurecidas por siglos de suciedad y el humo de los cirios. El cura párroco de Santiago era un hombre sin demasiadas pretensiones, serio a la vez que austero, cuya satisfacción cotidiana consistía en cumplir rigurosamente con la rutina: después de la misa de maitines solía acomodarse en el confesionario y aprovechaba para pegar alguna que otra cabezada. Quedaban pocos días para la festividad de los Santos y el olor a cera impregnaba los altares de la iglesia. Las corrientes de aire que de vez en cuando susurraban por el quicio de las puertas, provocaban titilantes reflejos en la llama de las velas y sombras inesperadas sobre las devotas imágenes. El frío abrazado a los desnudos muros de piedra amenazaba con quedarse todo el invierno.
Si era poco habitual que a primera hora de la mañana acudiesen a los oficios divinos más que cinco asiduas beatas a las que no se conocía otra ocupación, aún más extraño resultaba que alguien deseara ser escuchado en confesión. Sin embargo, aquella mañana allí estaba Santiago Gracia, un carretero que vivía en la cercana calle de Caleros, con el rostro desencajado y signos evidentes de no haber pegado ojo en toda la noche.
–Padre, me confieso de haber matado a un hombre… a un hombre de Dios –expuso el desgraciado, entre hipos y sollozos.
–Santiago, hijo, ¿cuántas veces voy a tener que repetirte que tú no has matado a nadie? Sólo fuiste testigo, como tantos otros… del cumplimiento de una sentencia de la justicia civil.
–No sé qué quiere decir con eso, padre… –respondió mientras se refregaba el sudor del rostro con el dorso de la mano– Pero, aquellos ojos… se abrieron y me miraron fijamente en el mismo momento de…
Una ráfaga de aire atravesó silbando las lúgubres naves de la iglesia y, súbitamente, el destello de un candil iluminó el rostro angustiado de Jesús Nazareno. Aquellos ojos pequeños y desorbitados, aquella mueca de dolor y desesperación era la misma expresión que no podía borrar de su memoria, la misma que había visto en la cara de aquel hombre segundos antes de que expirase.
–Las condenas a muerte son bien vistas a los ojos de Dios, siempre que sean impuestas por una causa que las justifique –y para intentar consolarle continuó–. En este caso, aunque se tratase de un siervo de Nuestro Señor, lo que se juzgaba era un delito de homicidio… no otra causa, como el vulgo ha querido entender.
¿Una causa justa? Santiago no era capaz de comprender por qué había tenido que ser su brazo el ejecutor de la sentencia. ¿Y si aquel hombre hubiera sido inocente? ¿Quién era él para saberlo? Santiago se echó de nuevo las manos a la cabeza. Ni las palabras del sacerdote ni el fúnebre escenario ayudaban a aplacar sus desquiciados nervios. Además, tratando de evitar la mirada de la sagrada efigie que le atormentaba recordándole el postrero grito de dolor de su víctima, desvió la vista hacia la capilla contigua para encontrarse, como si se tratara de una cruel broma del destino, con la imagen de un Crucificado.
Aquella talla de pocos palmos que representaba a Cristo clavado en la cruz tampoco era desconocida para el desdichado de Santiago. El pueblo devoto y supersticioso solía encomendarse a él bajo la advocación de Cristo de los Milagros. Además, antiguamente esta pequeña imagen acompañaba a los reos que eran conducidos al suplicio. Santiago recordaba perfectamente por boca de su abuela Isabel la leyenda que de crío le había contado una y mil veces, y que explicaba el origen de tan singular denominación, relato que además se encontraba transcrito en una cartela con marco de plata en el altar junto al crucifijo:
El año 1596 sacaron a ajusticiar a la Peña Redonda dos muchachos por un pecado de que fueron acusados, y se quebraron dos veces los cordeles de los garrotes. Y estando el Santo Christo enarbolado en manos de un alcalde, a vista de todo el pueblo, se quitaron los clavos, y quedaron sueltos los brazos. Y visto el milagro tan evidente, los eclesiásticos y religiosos le publicaron a voces y pusieron en libertad a los muchachos; y dos moros que estaban presentes pidieron el bautismo y se convirtieron a Nuestra Santa Fe Católica.
Pero si en aquella ocasión la intervención divina había demostrado a las claras la inocencia de los dos condenados, en el caso de la sentencia a muerte por garrote para José Rodríguez Fuerte, los inquietantes signos y extraños acontecimientos que se sucedieron la mañana de su ejecución no sirvieron para arrojar luz sobre la culpa y el delito cometido por el reo.

José Rodríguez Fuerte era cura párroco de Calzadilla de los Barros, provincia de Badajoz. Se trataba de un hombre sereno y competente en su oficio, querido y respetado por sus feligreses, y, según comentaban, de clase noble y bien emparentada, como tantos otros, hasta que un día el diablo quiso tentarlo y el débil cura de pueblo no pudo o no quiso rechazar su suculenta oferta. Así se vino a encaprichar de la joven y atractiva mujer de un zapatero, que más pronto que tarde cedió a los deseos y reclamos del sacerdote, sin importar la condición de ambos. No sabemos si por querer quitarse al celoso marido de en medio, por incitación de su amante o porque los adúlteros fueron sorprendidos desnudos sobre el tálamo conyugal por un atónito (y cornudo) esposo, el caso es que el cura de Calzadilla, con premeditación o sin ella, decidió acabar con la vida del infortunado zapatero, y escondido una noche en el mismo taller en que éste remendaba, cogió la cuchilla que empleaba para recortar las suelas y le asestó un certero y brutal tajo en la garganta.
El cura no opuso resistencia cuando, alertados por los vecinos, los alguaciles de la justicia le sorprendieron como ausente ante el cadáver de su víctima y con el arma del delito entre las manos salpicadas de sangre. Inmediatamente fue trasladado a la cárcel de Cáceres, por ser ésta la sede de la Real Audiencia de Extremadura, tribunal que habría de juzgarle por contravenir el quinto y sexto mandamientos. Tras un largo y controvertido proceso, la ejecución de la sentencia quedó fijada para el viernes 18 de octubre del presente año de 1839.
Santiago trataba en vano de obtener consuelo espiritual por parte de su párroco:
–Padre, no comprendo además que a un sacerdote se le someta a la misma humillación y suplicio que a cualquier otro vulgar delincuente… por muy grave que sea el pecado que hubiera cometido.
–Hijo, te vuelvo a repetir que tengas en cuenta que este hombre ha sido juzgado y condenado por asesinar a un inocente, lo demás no tiene mayor importancia –sentenció el párroco–. Además, el clero de esta villa y, al parecer, un tío suyo prior de las Órdenes Militares intercedieron para que no fuera degradado antes de cumplirse la sentencia.
–¿Degradado?
–Despojado de sus condición eclesiástica… Aparte de concedérsele esta gracia, el cura José Rodríguez Fuerte fue condenado a la pena capital en garrote noble, una modalidad sino diferente sí menos humillante que el tradicional garrote vil, según rezaba el decreto todavía vigente, promulgado el 24 de abril de 1832 por el rey don Fernando VII, de nefasta memoria:
Deseando conciliar el último e inevitable rigor de la justicia con la humanidad y la decencia en la ejecución de la pena capital, y que el suplicio en que los reos expían sus delitos no les irrogue infamia cuando por ellos no la mereciesen, he querido señalar con este beneficio la gran memoria del feliz cumpleaños de la Reina mi muy amada esposa, y vengo a abolir para siempre en todos mis dominios la pena de muerte por horca; mandando que adelante se ejecute en garrote ordinario la que se imponga a personas de estado llano; en garrote vill a que castigue delitos infamantes sin distinción de clase; y que subsista, segúnlas leyes vigentes, el garrote noble para los que correspondan a la de hijosdalgo.
A las once de la mañana del día convenido, los pregoneros se encaminaron desde el callejón de la cárcel abriendo la comitiva. El cura de Calzadilla iba montado sobre un caballo ensillado, sin necesidad de llevar atadas las manos por su condición de hijodalgo –en tales comodidades consistía el garrote noble– y vistiendo una amplia túnica blanca con una soga alrededor del cuello, pues esto era lo que demostraba ante la morbosa mirada del público su condición de asesino, además del letrero que llevaba colgado a la espalda. Como finalmente no sería degradado, cubría su tonsura con un gorro negro de fieltro. La expresión de su rostro era de completa ausencia, como si se hubiese convertido en una estatua de piedra en el mismo instante en que fue sorprendido en el lugar del crimen con las manos manchadas de sangre.
Le acompañaban los alguaciles, sayones de la Real Audiencia y los hermanos de la Cofradía de la Caridad, todos vestidos de riguroso luto. Detrás de la montura, un fraile franciscano repetía monótonas letanías. Cerraban aquel tétrico cortejo, que muy pronto sería fúnebre, un tambor que sonaba con caja destemplada y el escribano encargado de dar fe del cumplimiento de la sentencia. A medida que la procesión avanzaba por la calle Moros, una multitud cada vez mayor de curiosos, sobre todo mujeres y niños, se agolpaba para conocer de cerca al cura adúltero y asesino. Casi todos se mantenían en silencio con gesto circunspecto, algunas ancianas cubiertas de negro de pies a cabeza bisbiseaban oraciones ininteligibles, y tampoco faltaba una verdulera que oculta entre el barullo lanzaba imprecaciones y exabruptos dirigidos al reo.
Según comentaban, el cura de Calzadilla había solicitado entre sus últimas voluntades que ninguna mujer estuviese presente en su camino al cadalso, pues había sido precisamente una de ellas la causa de su perdición. Como era de esperar, los funcionarios de la Audiencia no pudieron satisfacer la demanda del condenado a muerte.
El patíbulo quedó instalado en el ejido situado entre la ermita de los Mártires y los corrales del Concejo. No consistía más que en un simple tablado de madera, tapizado toscamente con un pedazo de bayeta negra, impregnada de restos de vómito y orina, recuerdos de la última ejecución. Lo presidía una silla apoyada sobre el poste, que serviría de último asiento al condenado antes de emprender su viaje al más allá.
La mañana se había despertado serena. Aunque hacía frío, el cielo destellaba limpio y azul. Sólo una nube permanecía como clavada sobre el lugar mismo donde se había construido el cadalso. Si al amanecer no era más que un insignificante copo de algodón, cuando la comitiva estuvo presente y ayudaban al condenado a descender de su cabalgadura, aquella nube se había tornado negra y amenazante.

A pesar de que el vulgo las consideraba un entretenimiento, como las cucañas o los toros, a Santiago nunca le había apetecido presenciar las ejecuciones públicas. No obstante, conocía con detalle la mayoría de las que se habían celebrado durante aquel siglo, pues su suegro, que en paz descanse, sí que era asiduo a tales espectáculos.
Juan Sáez desempeñaba el oficio de porquero del Concejo y, por tanto, pasaba la mayor parte del día cuidando de sus cochinos en los corrales situados en la ladera del Cerro del Rollo, detrás de la ermita de los Mártires, muy cerca de donde se solía montar el patíbulo. Murió de un ataque al corazón tal día como aquel del año 1823, cuando se enteró de que las tropas de El Empecinado acababan de saquear los corrales y le habían matado los marranos. El suegro de Santiago se fue de este mundo sin poder contemplar a los culpables de aquel crimen colgados de la horca, como seguramente hubiera deseado.
A Santiago Gracia no le hizo ninguna que aquella mañana dos alguaciles de la Audiencia fueran a buscarle a su casa y pidieran prestado su carro para transportar el cadáver del reo una vez que se hubiese cumplido la sentencia.
Como el improvisado actor de una función que no quería representar, Santiago se sentía extraño y angustiado entre la multitud enardecida. El pueblo todavía recordaba con estupor la ejecución en el garrote, cuatro años atrás, del capitán carlista Mariano Ceferino del Pozo, apodado Boquique, a quien muchos, lo mismo que a su causa, admiraban en secreto. Para resarcirse de tan injusta sentencia, el vulgo había encontrado en el crimen del cura de Calzadilla la razón perfecta para demandar una condena a muerte por todo lo alto.
José Rodríguez Fuerte subió con paso lento pero firme los peldaños del cadalso. Rehusó que le vendaran los ojos y se sentó con ademán solemne, recogiéndose la túnica: alguno de los presentes hubiera jurado que estaba dispuesto para oficiar una liturgia. El fraile franciscano le colocó entre las manos amarradas un crucifijo y comenzó a entonar el credo al oído del condenado: Credo in unum Deum Patrem omnipotentem… El verdugo le ajustó el corbatín al cuello. Crucifixus etiam pro nobis sub Pontio Pilato… Y en el instante mismo en que daba media vuelta al torniquete, un trueno espantoso resonó sobre las cabezas de la muchedumbre congregada, sobresaltando al escribano, al fraile y al mismo sayón de la justicia, que erró en su maniobra dejando al ejecutado en pos de asfixiarse pero sin el cogote descoyuntado. Fue preciso entonces desenroscar la palanca y repetir de nuevo la operación, mientras el cura adúltero y asesino no mostraba en ningún momento intención de zafarse de las ataduras que le mantenían amarrado al artilugio, sino que sólo emitía un débil aullido, similar a un gorjeo, que parecía dirigido a los presentes… et expecto resurrectionem mortuorum et vitam venturi saeculi.
Al mismo tiempo, el cielo oscurecido abrió sus entrañas y se desencadenó una tempestad inusual para aquella época del año. El abundante aguacero, pero sobre todo la violencia de relámpagos y truenos, persuadieron al gentío de no permanecer allí ni un minuto más, por lo que hombres, mujeres, ancianos y niños corrieron desbocados a buscar refugio en las casas más cercanas.
Después de que el escribano hubiese certificado que el cura José Rodríguez Fuerte había expiado su crimen, dos alguaciles ayudaron a Santiago a descender el cuerpo del finado del patíbulo y cargarlo en su carreta. Todavía le quedaba un largo recorrido bajo la lluvia hasta el cementerio del Espíritu Santo, situado en el otro extremo de la villa.
Santiago caminaba por delante del carro, muy cerca de su asno. Quería darse prisa y acabar con aquello cuanto antes. Al llegar al camposanto la responsabilidad sería del enterrador, quien ya dispondría de una sepultura recién excavada y sufragada por la Cofradía de la Caridad. Mientras descendía por la cuesta del Camino Llano, la lluvia empapaba sus maltrechos huesos y unos escalofríos le recorrían la espalda como latigazos. Las huertas se encontraban desiertas y tras las cercas sólo asomaban las ramas de los naranjos. No se vislumbraba ni rastro de presencia humana… aunque es posible que Santiago hubiera olvidado por un momento la macabra carga que portaba en su carreta.
Al principio le pareció imaginárselo, pero después se detuvo y escuchó con atención: un leve ronroneo, como un gemido apagado, que procedía de alguna parte detrás de su espalda. Entonces no tuvo más remedio que echar la vista atrás, sobre la carga que transportaba. El viento parecía agitar los pliegues de las vestiduras del cadáver, pero Santiago no podía reprimir sus sospechas y comenzó a sentirse dominado por el pánico. Ese movimiento rítmico, parecido a un palpitar, no podía estar provocado por ninguna brisa. Temblando, acercó su mano al sudario que cubría el rostro del ajusticiado. Cuando lo retiró de golpe, se encontró con una expresión horrible y contenida de angustia, unos ojos pequeños y desorbitados, aquella misma mueca dedolor… Con un hilo de voz casi inaudible, el cura de Calzadilla le llamaba por su propio nombre:
–Santiago, Santiago, ayúdame…
Y Santiago sintió de repente como una descarga le dejaba desorientado y mudo ante la presencia de aquel retornado de la otra vida. No supo cómo reaccionar. Le echó ambas manos al pescuezo, mientras recitaba todas las oraciones del catecismo que pudo recordar. El cuerpo del sacerdote se convulsionaba. Santiago apretaba al límite de sus fuerzas y se encomendaba a todos los santos. Después de una prolongada agonía y tras escucharse algo parecido a una tos, José Rodríguez Fuerte expiró por última vez. Aquellos ojos pequeños y desorbitados se cerraron para siempre.


–No te atormentes más, hijo mío, ese hombre estaba más que muerto cuando tú…
–Le aseguro que no, padre…
–Pues piensa que así fue, nadie puede morir dos veces –reiteraba el párroco, a quien la insistencia de Santiago comenzaba a resultar incómoda.
–¿Y si acaso Dios quiso castigarle sometiéndole dos veces al tránsito de la muerte por cada uno de los pecados capitales que había cometido? –se le ocurrió preguntar a Santiago.
–Te vuelvo a repetir que don José no cometió más que un delito, quítate esas cosas de la cabeza –sentenció el párroco, sin disimular su más que evidente enfado. Como si de repente hubiese recordado un compromiso que le reclamaba en otra parte, sin mediar más parlamento hizo el gesto de la cruz y dio por concluida la confesión–. Ego te absolvo a pecatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
Santiago atravesó la nave principal, desmadejado y si cabe más confundido que antes, y se dirigió hacia la puerta lateral de la iglesia. En el umbral se cruzó con una joven, hija de un zapatero que tenía su establecimiento en la Plaza y que solía acudir a casa del párroco para ayudar en las tareas domésticas. Afuera brillaba un sol de justicia y, de momento, no se divisaba ninguna nube sobre el cielo azul.
- o -
Si alguien que leyera esta narración todavía albergase dudas sobre su veracidad, podríamos aconsejarle que consultase el libro de difuntos de la parroquia de Santiago, en Cáceres, correspondiente al año en que transcurrieron los sucesos que aquí se describen. En él encontraría consignada la siguiente entrada:
En la villa de Cáceres, a diez y ocho días del mes de octubre de mil ochocientos treinta y nueve, habiendo recibido la sagrada comunión por modo de viático, falleció don José Rodríguez Fuerte, cura rector de Calzadilla de los Barros, natural de Santa Eulalia de Miño, provincia de Asturias, de edad de veinte y ocho años; y habiéndosele dicho una misa de cuerpo presente el día veinte y uno del dicho mes de octubre, con asistencia del cabildo eclesiástico y demás sacerdotes de esta dicha villa de Cáceres, fue trasladado al cementerio de esta villa donde se le dio sepultura.
Francisco Javier León, cura párroco de la iglesia de Santiago.
© Antonio Rodríguez González – septiembre 2011
Relato galardonado con el primer premio en la modalidad de relato corto (categoría B: 18 a 35 años) del XI Certamen Cultural Ibérico de Jóvenes Artistas, organizado por el Instituto Municipal de la Juventud (Excmo. Ayuntamiento de Cáceres) – diciembre 2011.