La santidad del padre Rosalío
El Periódico Extremadura, 31 de diciembre de 2012


Hoy se cumplen 250 años del fallecimiento de otro protagonista de nuestra historia local injustamente olvidado. No se trata de un destacado militar o un heroico conquistador, ni sobresalió en las artes o en las letras, ni tampoco ostentó dignidad o título alguno, sino que pasó por esta vida como un humilde presbítero secular, consagrado por entero al auxilio y la atención de los más necesitados.
El padre Rosalío Ramos Berrocal nació en Cáceres el 5 de julio de 1720, siendo sus padres Juan Ramos Berrocal y Mariana de Paniagua. Tras recibir en Coria el orden sacerdotal, muy pronto se trasladó a su villa natal, donde desarrollaría gran parte de su corto pero intenso y admirado ministerio. En 1746 profesó en la Orden Tercera de San Francisco, siendo además nombrado maestro de novicios y más tarde capellán del hoy desaparecido Convento de la Concepción.
Sus contemporáneos lo apreciaron como un hombre santo, con rasgos de asceta y místico. Solía mortificarse con la disciplina y el cilicio, y cuentan sus biógrafos que dormía sobre el duro y frío suelo con una calavera por almohada. También llegó a tener visiones apocalípticas, aunque de esto poco se conoce. Pasó largas temporadas, entregado a la contemplación y la penitencia, en las proximidades de la ermita del Cristo del Risco, cerca de Sierra de Fuentes.
Sin embargo, si por algo extraordinario sobresalió y merece ser recordado el padre Rosalío es por su prolífica labor asistencial. La situación de los hospitales cacereños a mitad del siglo XVIII era calamitosa, y nada tenían que ver con los establecimientos que por tales consideramos en nuestros días. En 1750 el regidor Francisco de la Plata cedió unos terrenos para construir un nuevo hospital para enfermos contagiosos, «en un solar que servía de lugar inmundo y de entrada a la barbacana, de un destrozado murallón de la antigua de la villa», cuyo emplazamiento exacto no podemos determinar.
Aun así debió resultar insuficiente, porque tres años después el padre Rosalío lo vendió para construir otro mucho más amplio y mejor ventilado, que puso bajo la advocación de María Magdalena. También se encontraba junto a la muralla, concretamente ocupando la Torre Redonda y varias viviendas colindantes; de ahí que se conozca a ese tramo del adarve como el del padre Rosalío.
En 1762 estalló de nuevo la guerra con Portugal, y la villa se vio invadida por contingentes de tropas españolas y francesas, que trajeron consigo una terrible epidemia que diezmó a la población. Los hospitales que atendía el padre Rosalío no daban abasto. Extenuado por el esfuerzo y víctima también de la peste, se retiró a pasar sus últimos días a la torre de la iglesia de San Mateo, donde murió el 30 de diciembre del mismo año, a la temprana edad de cuarenta y dos años.
Las fundaciones hospitalarias y la vida del padre Rosalío exigen una investigación documental mucho más profunda, no sólo para tributarle un merecido homenaje a un hombre que por su humildad pasó de puntillas ante los ojos de la Historia, sino para reclamar —y esto no me corresponde a mí proponerlo— el puesto que debería ocupar en los altares.
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